Y entonces nada. Pero nada de nada. O sea, eso, nada. Las cosas a veces no pasan. A veces todo se queda como estaba, como siempre. Aunque a mí me dijeron otra cosa; me dijeron que las cosas son diferentes, porque “Cambia, todo cambia”, pero no. No cambia nada. Es siempre lo mismo. Aunque no siempre fue así. Alguna vez fue distinto. Alguna vez las cosas dejaron de ser lo que eran y empezaron a ser otras cosas, todas inolvidables. Eso pasó, una vez, hace mucho; tanto que ya ni me acuerdo. Pero pasó, y va a volver a pasar, me imagino. Va a pasar si espero a que pase. No sé; por ahí espero demasiado. Pero creo en milagros y sigo esperando, porque algún día, sí, claro, algún día va a pasar. Si las cosas fueran como antes, nada volvería a ser igual, sería diferente, como antes, cuando las cosas cambiaban. Ahora que todo es igual que siempre, pareciera que no hay nada que esperar. Nada de nada, o sea nada. Y entonces da lo mismo que todo sea lo mismo y no importa lo que digan los que todavía tienen ganas de decir que “Cambia, todo cambia” cuando las cosas no pasan. Porque hace rato que las cosas dejaron de pasar. Hace mucho, tanto que ya es tiempo de que empiecen a cambiar, pero de verdad, No como siguen diciendo los que ahora dicen algo pero siempre pensaron otra cosa. Mejor que se callen, como antes, cuando las cosas importaban pero no decían nada porque, claro, no les importaba nada. Y ahora hablan, ahora que no importa. Porque ahora se terminó todo. Porque ahora no da para más. Porque ahora no queda nada. Eso, nada. Pero algún día, sí, por supuesto, algún día… No hoy, otro día, me imagino; el milagro va a pasar. Y todo lo que es igual, va a ser distinto una vez más. Solamente hay que esperar, esperar y esperar, que algún día sea inolvidable y el tiempo vuelva a empezar.